Educación auditiva(Letto 40 volte)



La educación musical del niño, sostenía Zoltan Kodaly, comienza en el vientre de su madre. Si bien esta afirmación se verifica en aquellos lugares donde la música es sinónimo de cultura, no se puede decir lo mismo de la ciudad de Iglesias. Desde hace tiempo, diversas asociaciones culturales se esfuerzan por organizar eventos musicales de alto nivel artístico, pero con un único resultado: público adulto y casi siempre las mismas personas.

Sin embargo, quienes administran la ciudad siempre tienen como objetivo principal crear espacios culturales sin pensar en absoluto que el contenedor sirve de poco si falta el contenido. Y el contenido más importante lo representan precisamente los jóvenes.

Asistir a un concierto de música clásica, ya sea de cámara o sinfónica, presupone en el oyente la capacidad de observar e identificar la organización interna de la pieza interpretada.

Todo esto implica una educación del oído que debe germinar desde una edad temprana; solo en estas condiciones se puede hablar de un contacto consciente con la música.

Muchas personas y (por desgracia) varios profesores están convencidos de que saber tocar un instrumento significa haber alcanzado una madurez musical completa; pero no es así, y la prueba la dan precisamente quienes frecuentan escuelas de música, grupos instrumentales y corales: mucho amor por las siete notas, pero rara vez presentes en los conciertos.

Las asociaciones musicales deberían tener la obligación de estimular la presencia de los jóvenes en los conciertos con una guía adecuada para la escucha, recurriendo a músicos preparados que puedan destacar los momentos más destacados de la música programada. Inicialmente, quien se prepara para escuchar necesita saber dónde y cómo comienza y termina un tema, una frase, una expresión con sentido completo; explicándolo todo con ejemplos concretos (contenidos de energía, momentos de cierre, acordes decididos, sonidos repetidos, pausas repentinas, final con cadencia, etc.) se alcanzará el estado de conciencia sin correr el riesgo de desorientar a quienes no saben nada de lo que deben escuchar y de lo especializado que es. Además, se resolvería el tan molesto aplauso fuera de lugar.

En este punto, objetarían aquellas personas que no están interesadas en un tipo de escucha estructural; que toque un cuarteto, un solista o una orquesta, poco importa; lo importante es sentarse, a ser posible en primera fila, y luego volver a casa con el orgullo de haber pasado una velada diferente a lo habitual; cabe destacar que entre ellos siempre hay alguien que se levanta al final del concierto gritando “¡BRAVO! ¡OTRA!”.”

El musicólogo Silvano Sansuini escribe: «La capacidad de “disfrutar” de la música es sin duda mayor si el teatro es de primera categoría, si la velada es importante, si la mano acaricia el terciopelo de un sillón en lugar del banco del patio de butacas, si la señora de al lado nos embriaga con sus joyas y su perfume. Puede suceder. (continúa Sansuini) que esa misma página transmitida por la radio ya no se reconozca».»

Lo que escribe Sansuini nos hace comprender que la educación para escuchar es un hecho imprescindible que no debe subestimarse. Por lo tanto, es necesario que los jóvenes aumenten su cultura musical mediante una asistencia seria y constante a los conciertos. Comprender una interpretación musical, instrumental, vocal, antigua, clásica o moderna, equivale a la capacidad de asumir por sí mismo planteamientos racionales y organización del pensamiento. Desde esta perspectiva, escuchar no será una actividad ociosa o un recuerdo difuso, sino que transmitirá cualidades de apreciación, juicio de valor y hábito de toma de conciencia.

 

 

Mariano Garau

 

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